El Marañón es un río donde las aves hablan. Sus gritos rebotan en montañas de dos mil metros de altura hasta confundirse con el ruido del caudal. Cuando Leoncio escuchó por primera vez ese sonido no tenía más de siete años de edad. Asustado, buscó silencio en el bosque luego de cruzar en balsa por el Marañón. A orillas de este río, 45 años después, interrumpo la entrevista para preguntarle:

- ¿Escuchaste esa voz?

- ¿Cuál de todas? -responde.

Es una tarde soleada en las faldas de un río que luce tranquilo. Tranquilidad que parece no influir demasiado en su clima tropical. En medio de la humedad, entre naranjales de la playa y cafetales del pico de montaña, se oculta un bosque donde el tiempo olvida que es el tiempo, pero que Leoncio recuerda como hogar de voces y silencios: los bosques secos del Marañón.

Leoncio Vásquez tiene 52 años y, como la gran mayoría de migrantes en Chachapoyas, es natural de un pueblo cajamarquino. Vive desde los siete en Hondul, un anexo del distrito de Providencia situado a veinte minutos de los bosques secos. Hondul es una de las comunidades que decidió abandonar la tala y caza ilegal para apoyar la primera propuesta de conservación regional de la Amazonía.

-“Si hubiéramos continuado tirando machete como lo han hecho nuestros abuelos ya no habría bosque. Si nuestros padres hubieran pensado eso, Hondul tuviera mucha más reserva que cuidar”, reflexiona Óscar Vásquez, primo de Leoncio, con la mirada hacia el suelo para ocultar la culpa que no tiene.

-“Ahora estamos reforestando algunos cerritos”, añade después mientras señala con su índice un monte ubicado al frente de nosotros. Algunos cargan con el apellido de los padres. Otros intentan aliviar ese peso.

Un sendero de luces guiaba al caballo cuesta arriba en medio de la noche. Decenas de esas luces volaban dispersas por toda la montaña. Nueve horas de viaje desde Chachapoyas para oír las voces del bosque seco, y la danza de luciérnagas solo nos decía que estábamos en Gramalote, a una hora de nuestro destino.

Hondul tiene una plaza que no es una plaza, pero que todos conocen con esa palabra. Al costado de un antiguo árbol de flores rojas se encuentran los caballos que nos llevarán por los caminos del bosque seco. Un suelo pedregoso de tierra rojiza es la frontera topográfica que separa este ecosistema de la comunidad. Aves como el cometa de vientre gris (Taphrolesbia griseiventris) o el periquito de cabeza amarilla (Forpus xanthops) sobrevuelan el lugar, mientras un oso de anteojos (Tremarctos ornatus) intenta ocultarse del sol.

En el área que contempla la propuesta de conservación -13 929.12 hectáreas- existen 173 especies de flora y fauna que no habitan en ninguna otra parte del Perú o del mundo, pero que viven bajo el acecho de la extinción.

A un paso de ser protegida

Al volver a Chachapoyas, Iván Mejía, biólogo de Naturaleza y Cultura Internacional, ONG que promueve la conservación de los bosques secos, me alcanza unas cifras que no son alentadoras. Este ecosistema de voces y silencios tiene 372 915 hectáreas que sigue al valle del río Marañón en su paso por Áncash, La Libertad, Amazonas y Cajamarca, pero solo el 0,1% -2 179 hectáreas- está protegido por el gobierno peruano. Un gramo de una bolsa de harina. Una gota de una botella de agua.

Iván me cuenta que el Gobierno Regional de Amazonas ha declarado como prioritaria la conservación de los bosques secos. Por eso, desde el 2012, iniciaron la elaboración del expediente técnico para crear el Área de Conservación Regional de los Bosques Tropicales Estacionalmente Secos del Marañón. Aunque la propuesta tuvo que reducirse de 30 mil a poco menos de 14 mil hectáreas debido a la presencia de concesiones hidroeléctricas en la zona.

– “Nuestra meta es proteger lo más que se pueda”, dice Iván como para no perder la esperanza.

– "Queremos preservar los bosques secos para futuras generaciones mediante un manejo sostenible. Esto permitirá desarrollar el potencial turístico del cañón del Marañón y proteger la biodiversidad del Amazonas", explica Percy Chávez, gerente de la Autoridad Regional Ambiental del Gobierno Regional de Amazonas.

Tras cinco años de arduo trabajo, la primera propuesta de conservación en Amazonas está a punto de convertirse en realidad: luego de ser aprobada por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp), deberá ser revisada por el Ministerio del Ambiente y luego al Consejo de Ministros, quien tendrá la decisión final de proteger este ecosistema en riesgo.

Una decisión que Hondul –junto a otros 43 caseríos- tomó hace tiempo: cuidar las voces de los bosques secos del Marañón.