Colombia es un accidente geográfico. Una mezcla de pisos térmicos, vientos cálidos y lluvias tormentosas que se han topado con la actividad humana para albergar más de 350 ecosistemas diferentes. Su biodiversidad cambia por kilómetro recorrido y así como pueden encontrarse serranías en medio del desierto, el país también esconde gigantes tepuyes que se alzan en medio de la llanura. Desde lo alto y lo bajo, teniendo en cuenta el territorio conservado, pero también el transformado, el libro Colombia, país megadiverso, del Instituto Humboldt, retrata 19 lugares emblemáticos de Colombia para darle un vistazo a lo extremo que habita en ellos. Una edición de lujo que pone la biodiversidad en medio de nuestros ojos. “La primera meta de Aichi establece que para 2020, a más tardar, todas las personas tendrán conciencia del valor de la biodiversidad y de las acciones que conducen a su conservación y utilización sostenible”, explica Ana María Rueda, editora del Instituto Humboldt y del libro. Nuestra intención es “presentarle al mundo una fracción de esta joya que tenemos, es parte de nuestra contribución para el cumplimiento de la meta”. Por esto, si algo tuvo claro el Instituto desde el inicio del proyecto, hace tres años y medio, era que no querían un libro de mesa aburrido, uno que la gente solo se limitara a ojear con miedo, sino que lo pudieran tocar y palpar, pues la biodiversidad es para sentirla. Así, junto al equipo de diseño, liderado por Darío Forero Aldana, idearon una forma de poner la biodiversidad en las manos de los lectores: incorporaron plegables que se alzan por encima de las páginas, postales de animales con textura para “poner la biodiversidad a viajar”, ilustraciones de Benjamín Cárdenas Valderrama y dos trípticos –uno de anfibios y otro de orquídeas– que se pueden desplegar. “Cuando Briggite Baptiste, directora del Humboldt, vio el libro por primera vez, resaltó las piezas desplegables, que resultan pedagógicas pues permiten que a la gente se le atraviese la biodiversidad y tenga que pensar en ella”, cuenta Rueda. “Queremos enamorar a la gente para que conozca no solo el valor de la biodiversidad, sino su importancia cultural”. Sin embargo, reunir las más de 150 fotos que tiene el libro no fue una misión fácil. Los lugares elegidos para representar a Colombia implicaban sumergirse en lo profundo del mar, caminar largas jornadas para seguirle la pista a un sapo y tener una visión óptima, casi microscópica, para que los diminutos insectos, que muchas veces se olvidan, no quedaran fuera del panorama. Para lograrlo, se conformó una misión de 14 fotógrafos, muchos biólogos, que seleccionaron sus mejores fotos de archivo. Esto, sumado al Banco de Imágenes Ambientales del Instituto Humboldt, una colección con más de 30.000 fotos, dio como resultado un mundo biodiverso que se puede sentir y tocar. Según cuenta Freddy Gómez, biólogo y uno de los fotógrafos que participaron en el libro, la clave para lograr tomas tan específicas como las que tiene Colombia, país megadiverso, está en la paciencia, la planificación y la persistencia. Salir a campo y seguirles la pista a algunos de los animales más esquivos es “enredado”. Les toca trepar quebradas, hacer salidas en las noches para fotografiar ciertos anfibios o esperar semanas a que un mono se acerque lo suficiente para tomarle una foto. Esto, “teniendo el agua encima y con el riesgo de que se nos dañen los equipos”, advierte. Pero así como retratar la biodiversidad de frente tiene sus ventajas, también tiene su parte complicada: ser testigo, en primera fila, de cómo hay ecosistemas que se los ha ido comiendo la actividad humana. “Lograr fotos del bosque seco tropical fue uno de los retos más difíciles, porque ya está casi acabado. Íbamos al Tolima, revisábamos en un mapa donde quedaban, supuestamente, los parches de bosque, pero al llegar solo estaban los rastros de bosques en llamas”, cuenta Gómez. “Nos tocó ser testigos, en tiempo real, de cómo estamos acabando la biodiversidad”. Un viaje, desde lo alto y lo bajo, por la biodiversidad Al hacer escala en Gorgona, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, notó que varios de sus hombres murieron por las mordeduras de serpientes, unos de los reptiles más abundante de la zona. Desconcertado, la situación le recordó a las clásicas figuras de la mitología griega que en vez de pelo llevaban en su cabeza serpientes. Por esto terminó dándole a la isla el mismo nombre. Esta es solo una de las diferentes anécdotas con las que Eduardo Arias, encargado de los textos, describe las curiosidades e importancia que tiene la biodiversidad en el país. La necesidad de proteger la Sierra Nevada de Santa Marta, que garantiza el agua para 1’500.000 personas, y la fortuna de tener en Providencia el tercer arrecife de coral más extenso del mundo. “A lo lejos”, escribe Arias, Malpelo “luce como el lomo de una inmensa ballena solitaria que flota en medio de la inmensidad del océano” y “en medio del desierto emerge la serranía de La Macuira, un lugar sagrado para los wayuus”. Si uno va al golfo de Morrosquill,o lo más seguro es que se tope con el bosque seco tropical que fue tan esquivo para Gómez, pero al llegar hasta el Chocó Biogeográfico el paisaje va a cambiar por manglares y selva húmeda tropical. Mientras en la serranía de Los Paraguas se han reportado más de 246 especies de aves, en las sabanas inundables de Arauca y Casanare habitan aproximadamente 470. Colombia es un país de agua, por esto los páramos de Chingaza-Sumapaz, la laguna de La Cocha, el Macizo Colombiano y los morichales de la Estrella Fluvial de Inírida, entre otros, son estratégicos para la conservación del recurso. Pero también es un refugio de vida silvestre desde la sierra de La Macarena hasta el Trapecio Amazónico, las montañas de Santander y el nevado del Cocuy. Lugares que aunque parecen escondidos, se pueden visitar y conocer. El mismo libro indica las rutas: mientras al santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya, en el Eje Cafetero, se puede llegar desde Pereira por carretera destapada, para conocer Tauramena y Monterrey, en el piedemonte llanero, se debe llegar por tierra desde Yopal, Bogotá o Sogamoso. Hasta el momento, el libro Colombia, país megadiverso, que cuenta con el respaldo de El Espectador, viajó con la delegación del Instituto Humboldt a la COP21 en París y será entregado a embajadores de distintos países para que en otros lugares del mundo conozcan nuestra biodiversidad. Se espera que en un próximo tiraje lo puedan tener más personas, pues por su color, textura e imponencia, al igual que la biodiversidad, no puede ignorarse.

  • Fuente: http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/un-libro-sentir-biodiversidad-articulo-615889
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